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EL POETA MALDITO DE LAS TORRES SAN BORJA
Domingo, 30 de Enero de 2011 02:16

DSC02519Vivió su propia temporada en el infierno y –“como la derrota que deja la conquista”– a los 29 años escribió el desenlace de su atribulada existencia. Esta es la historia de Aniceto Morales Bórquez,  autor de una obra que aún no es develada. Por Jorge Sánchez de N.

 

En la estrecha vía peatonal que une la salida sur del metro Universidad Católica con la calle Carabineros de Chile, a un costado de la torre N° 3 de la remodelación San Borja, se puede divisar una placa recordatoria, donde se lee: “In memoriam Aniceto Morales Bórquez. Tito. Q.E.P.D. Los 29 años de su existencia nació, vivió y falleció al alero de esta torre”.

Grabado por sus familiares y amigos, el memorial –ya oxidado y  cercado de flores marchitas– expresa el dolor que provocó su repentino adiós, aunque no por eso inesperado. Su madre, la señora Laura Bórquez, infiere que poco antes del fatídico accidente, Aniceto anunció que moriría: “Porque me alejé/ la primavera yace enferma/ la muerte se embelesa/ en una flor fragilizada de aroma/ ya no pesa la existencia sobre los hombros”. Lo cierto es que el 23 de marzo del 2002, luego de discutir con su homónimo padre, y en el afán de torturarlo psicológicamente, Tito se colgó por afuera del frágil balcón de su departamento en el piso 18… y cayó.

AniceTito

“Era un lindo muchacho”, afirma Aniceto Morales padre. “Era un chico de gestos y facciones muy bellas”, prosigue. Sus manos, grandes y pesadas, son un calco de aquellas con las que su hijo prendiera un cigarrillo tras otro hace casi una década. Pero antes de convertirse en fumador empedernido, joven rebelde y hombre sin causa, Tito fue un niño como cualquiera, sólo que desbordantemente sensible al contexto político y cultural de los ochenta.

El hecho de que sus dos progenitores –ambos, profesores de clase media– trabajaran de sol a sombra, contribuyó para que él saliera días enteros a recorrer libremente la ciudad en compañía de sus hermanos menores, Laura y Andrés. Entonces, cuenta Laura Morales, Aniceto desarrolló una empatía fuera de lo común, llegando incluso a desprenderse de sus pertenencias con tal de ayudar a quienes sufrían las peores consecuencias del régimen militar. Una vez, rememora la señora Bórquez, un pequeño mendigo fue al departamento a pedir algo para comer, y él, apenas pensándolo, llenó un bol de comida, se sacó su suéter, sus zapatos, y se los regaló.

Fue en la adolescencia que la sensibilidad de Tito empezaría a  manifestar su cara menos amable. “Y se desenfocó. Ya no fue el niño dulce que buscaba experiencia o que andaba mirando el mundo, sino que fue un niño iracundo, enojado, molesto. Y ese niño que estaba enojado, molesto, fue a buscar alternativas de evasión y empezó a drogarse”, concluye su hermana.

“Quiero persignarme”

Alrededor de los 14 años, Aniceto evidenció desórdenes psiquiátricos. Diagnóstico: síndrome maniacodepresivo-obsesivo-compulsivo. Laura Bórquez comenzó a percibir esta patología cuando Tito se persignaba de improviso. “Me persigno porque quiero persignarme”, era la respuesta que el púber ofrecía a la interrogante de su madre,  mientras participaba en Los de Abajo, barra de la cual fue miembro fundador y que, en los albores de los noventa, tras acusar analfabetismo entre sus líderes, decidió abandonar. En ese momento, con sobredosis de ocio a su haber, recurrió al consumo de estupefacientes; la marihuana, la cerveza y el abuso de los medicamentos que le recetaban los doctores, exaltaron su actitud bohemia e incontrolable.

En adelante, las excentricidades en su veleidosa personalidad no se detendrían. Don Aniceto relata  que su hijo botaba los sándwiches que le preparaban para llevar al colegio –el Liceo José Victorino Lastarria– porque repudiaba la sola idea de que lo vieran comer. En ocasiones cogía de la lavadora su chaleco regalón y se lo ponía estando todavía empapado, o caminaba con los pies y la mirada fija sobre una línea de baldosas.             .

“Voy a ser un vagabundo”

Tito nunca tuvo claridad respecto a su futuro, era una especie de cometa desprovisto de órbita. La señora Bórquez, bajo un leve manto de lágrimas, evoca: “Él se preguntaba qué iba a hacer para ganarse la vida… Me decía ‘voy a ser un vagabundo’. Bueno, le decía yo, los vagabundos también tienen un lugar en la vida. Eso era lo que más le preocupaba; de qué iba a vivir”.

Si bien su pasión siempre fue la literatura, rechazó la posibilidad de someterse a la condición de aprendiz. Se autoinstruyó, pasándose noches devorando complejas obras y tratados filosóficos, y escuchando música de Serrat, en especial las canciones inspiradas en los vates españoles Antonio Machado y Miguel Hernández. El año que siguió a su graduación de enseñanza media, accedió a estudiar computación, lo que resultó ser un fiasco, dado su absoluto desinterés. Posteriormente entró a la carrera de Química, instancia en la que sorprendió realizando experimentos en términos líricos, pero  también desertaría.

Luego de un año sabático en el que acentúo su ya declarada poliadicción, los psiquiatras aconsejaron a la señora Laura para que lo volviera a matricular en la universidad; tenía que activar su lucidez y aprovechar esa que algunos expertos consideraban una mente brillante. Ingresó a Geografía en la Universidad de Chile, lugar donde sí logró mantener cierta regularidad académica. Sin embargo, durante una fiesta fue involucrado en unos destrozos que terminaron valiéndole la expulsión. Sonámbulo y errante en aquella época, se dedicaría de lleno a derramar su sangre en el papel.

Romántico-anarquista

Altazor y Sonatina, figuras inmortalizadas por Vicente Huidobro y Rubén Darío respectivamente, son los nombres de los perros de Aniceto. Él los recogió de la calle, los bautizó y protegió. Les habló y estimó como si fueran sus camaradas. Hoy, en el departamento que la familia Morales Bórquez conserva en el piso 18 de la torre N° 3, ladran y aúllan sin motivo.

Pero más allá del altruismo –indistintamente humano o animal–, de las maquinadas y críticas concepciones del mundo que transmitía a su entorno inmediato, y de su incansable creación literaria, Tito deseaba amar y ser amado.

Daniela Arriagada fue la última depositaria de sus versos. Durante un año fueron vecinos, ella tenía 17 abriles y él 28. Recuerda que cuando se conocieron, Aniceto la recriminó por andar pendiente de un celular nuevo. Aún así, a ella le atrajo su genio intelectual y su talante, como él se definiera, «romántico-anarquista»: “Era encantador… De la nada se ponía a recitar, a pronunciar discursos, a cantar”.

Consagraron su amistad en torno a los libros  y al son de las irreverentes melodías de La Polla Records, no obstante, la relación que entablaron solía ser interrumpida por los arrebatos del poeta que –ante las negativas de la que prontamente se convirtió en su pretendida– reaccionaba apartándola de su espacio, de su intransigente geometría. “Él quería estar conmigo, pero yo no podía, yo era una niña”, reflexiona.

El verano del 2002, Daniela se mudó a otro barrio de la capital y las circunstancias los alejaron irremediablemente. En una oportunidad se cruzaron y él agacho la cabeza. No se volverían a encontrar.

“Soy como el epílogo del mundo”

Tiempo después del abrupto incidente final, Wilfredo Casanova, docente de literatura hispanoamericana en la Universidad de Bordeaux (Francia), le hizo llegar una carta a Laura Bórquez. “(Tito) Confiesa: ‘Soy el hombre que tropieza en las palabras’. Confesión harto significativa en tanto es un poeta –un elevado conocedor de las palabras– el que se pronuncia críticamente contra su propio menester. El intento por comunicarse con el mundo que lo rodea, adolece, por lo tanto, de un grave fallo del cual el poeta está consciente”, señala Casanova  en alusión a dos poemas de Aniceto que interpretó. “Una aridez definitiva se ha instalado en su corazón”, redondea.

Consciente de su “grave fallo”, Tito emigró de la faz de la tierra sin aplausos ni reconocimiento alguno, y muy por el contrario, con el grillete del estigma sobre sí.  Asimismo dejó un taller de la Sociedad de Escritores de Chile en el que se enroló fugazmente. Al parecer no le habrían concedido el protagonismo que buscaba.

Pese a que el 2001 vislumbró un derrotero en el programa de Sociología de la universidad ARCIS, Aniceto continuó siendo, hasta su vuelo de albatros herido, profundamente nihilista y disfuncional al sistema de vida predominante. Las jerarquías, la iglesia, el Estado, la autoridad policial y un sinnúmero de instituciones rutinarias lo atormentaban, transformando su hábitat en una irrespirable cámara de gas.

Y asfixiado, junto a las primeras hojas del otoño, cayó. Aniceto Morales Bórquez, Tito, Q.E.P.D, corpulento y afeitado al ras, fiel a sus jeans y a sus  bototos negros de media caña, se marchó con pena y sin gloria. Hoy repetimos su irónico brindis: ¡Salud y República!

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Foto: en un paseo familiar junto a su hermano Andrés.

 

Poema: Soy...

Soy como el epílogo del mundo,

mis párpados caen muertos sobre la mirada,

mi alma pesa de pájaros  abandonados en la distancia,

mi boca palpita ausencia de bocas

y mi voz petrifica sobre mi nombre

cuando desde el temple de la tierra

se quiebra un retoño.

Mi acento velado

deja una sombra en el umbral del corazón.

Soy como la derrota que deja la conquista,

con mis ojos hundidos en la pupila

a donde van a dar los crepúsculos que expiran horizonte.

Soy como el hombre que tropieza en sus palabras

y conoció algún dios fosilizado de creencias,

el recuerdo se aleja encarnizado en el desdén

como el beso que se desvanece en la boca fugitiva.

 

Comentarios (7)
  • Ignacho  - homenaje
    Muy digno homenaje a un muy querido amigo del escritor de esta historia. Este sería el primer comentario pero espero que haya sido leído por muchas personas, ya que en cualquier parte hay personas incomprendidas que necesitan desahogo por medio de sus escritos.
    Se dice que la palabra escrita será mas fuerte de lo que jamás podría ser un puño.
  • samantha
    Hola, un blog lleno de cosas y una serie de enlaces de interés. Felicitaciones por su excelente trabajo.
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  • samantha
    Excelente me gusta el estilo de tu blog es así has hecho la buena suerte pronto
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  • Daniela Arriagada.  - Gracias
    Gracias por recordarnos a Tito, compañero y hermano. Que ganas tengo de sentarme a conversar y discutir y discutir... infinitamente el la escalera del peunte que vordea la torre.
  • Jorge Sánchez  - en el puente
    Tiempos aquellos, sentados en el punte, discutiendo largas horas, descubriendo el mundo. Son momentos que nunca se olvidarán y que, de seguro, nos marcaron a todos.
    Un abrazo, Daniela.
  • Javier  - "Un cigarrillo y café" no hay mezcla que cause m
    Aniceto "Tito" Morales Bórquez, mi socio, hermano y amigo. Partió una tarde de otoño hace ya casi una década. Si se pudiera tomar no un instante si no todos los instantes, la vida se revelaría como un gran acontecimiento, único y univeral, tal vez visto así la muerte no sea más que un accidente que finalmente te atrapó. Tu anarquista yo socialista, tu geografía y yo historia, tu militaste hasta el último día en la poesía y yo emigré a la primera desolación.
  • el doctor  - Mi mejor amigo
    Yo conocí a Aniceto en la carrera de geografía de la U de Chile. Fue mi mejor y más excentrico amigo.Con Tito al lado cualquier cosa podía pasar.Saludos para su familia.
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