Por Jorge Sánchez de Nordenflycht

A un costado de la torre n°3 de la remodelación San Borja, edificio ubicado frente a la salida sur del metro Universidad Católica, se puede distinguir una placa recordatoria donde se lee: “In memoriam Aniceto Morales Bórquez. Tito. Q.E.P.D. Los 29 años de su existencia nació, vivió y falleció al alero de esta torre”.
Firmada por sus familiares y amigos, la placa de metal, ya oxidada y cercada de flores mustias, transmite el dolor que provocó la repentina muerte del joven poeta.
Aniceto, más reconocido entre sus cercanos como “Tito”, era el mayor de tres hermanos. Según cuenta su madre, Laura Bórquez Montaña, profesora de Estado en Castellano, él siempre se caracterizó por tener un carácter inquieto, apasionado, explosivo, y un intelecto por sobre la media. Fue miembro fundador de la barra “Los de Abajo” y siendo muy pequeño comenzó a cuestionarse el mundo; el por qué de las cosas absurdas en nuestra sociedad.
Estudió geografía en la Universidad de Chile, carrera de la cual fue expulsado luego de sostener un confuso altercado con las autoridades académicas. Desde entonces, dice la señora Laura, en medio de una melancolía que se le arranca por los ojos, Aniceto inició una búsqueda poética que lo llevó a participar en la Sociedad de Escritores de Chile. Sin embargo, nunca pudo perseverar en dicha institución, pues sufría de una fuerte depresión bipolar que alteraba radicalmente sus estados de ánimo y que, en consecuencia, también truncaba su creación literaria. Así, remata la señora Laura, mientras bebe una taza de té en el mismo departamento donde residió junto a su hijo, se hizo frecuente verlo deambular por los alrededores de la remodelación y recurrir a los vicios.
Juan, Alfonso y Arnoldo, son conserjes y trabajan hace más de veinte años en la torre n°3. Para ellos “El Tito” parece ser un personaje inolvidable y, a la vez, incansable. Recuerdan, en tanto dibujan una leve sonrisa, que solía pasarse las noches en las escaleras o bodegas del edificio, cantando canciones de La Polla Records, leyendo enormes libros y macheteando plata para comprar cigarrillos o cerveza. “En el último tiempo igual se le vio bien acompañado de su “compare”, “El Feña”, afirma Alfonso.
Fernando Valenzuela, “El Feña”, antiguo residente de la torre n°3, conoció a su vecino Aniceto cuando éste tenía veinticinco años y él tan sólo quince. Pese a la brecha de edad que los separaba, asegura que forjaron una gran amistad y valora el hecho de haber compartido la cotidianeidad con “El Tito”. En sus ratos libres se reunían para conversar, fumar unos cigarros, o tomar unas chelas, y escuchar música en alguno de los espacios comunitarios del edificio. “Pa’ mí ‘El Tito’ era un loco genial. Aunque era súper crítico del sistema y tenía conflictos existenciales cuáticos, era re-inteligente el loco, siempre andaba escribiendo, recitando poemas y dándome lecciones de filosofía, política… Si al final, antes que se matara, estaba estudiando sociología y le pegaba caleta”, relata bajo su gorro chilote.
Para Fernando, Aniceto se suicidó y no cree en la versión oficial de que se cayó accidentalmente del balcón de su departamento, en el piso dieciocho, después de amenazar a su progenitor con quitarse la vida. Antaño “Tito” le habría confidenciado que no pasaría de los treinta años: “y ya ves, murió a los veintinueve”, dispara.
Hoy, los transeúntes se asombran al divisar aquella atípica placa recordatoria en la torre n°3, y los gatos malditos de Baudelaire merodean el sitio en que Aniceto Morales Bórquez, trascendiendo al olvido, terminó de escribir su trágica y romántica historia.
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Salud!